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Acabo de concluir la lectura de “Orfandad. El padre y el político”, escrito por Federico Reyes Heroles. Es un texto que me recomendó Libertad García; me gusto porque es la visión de un hijo sobre su padre; pero además, toca puntos, digamos, muy personales, pero no soslaya los que tienen que ver con el ejercicio de la función pública.

Jesús Reyes Heroles, sin la menor duda, es un personaje que ya está en la historia de México por sus contribuciones como servidor público, sobre todo, la que tiene que ver con la reforma política de José López Portillo, que se sustentó en la expresión: “para no despertar al México bronco”.

En una especie de justificación Federico hace notar que: “En México, los políticos, salvo algunas excepciones, no dejan memorias, se llevan sus conocimientos a la tumba”. Por eso, el hijo, con un lenguaje sencillo, accesible, traza una triple imagen del padre: como servidor público, como padre y, en cierta medida, sobre sus cuestiones muy personales.

Describe Federico como Reyes Heroles tenía una manía, una adicción, por los libros; que le gustaba jugar al dominó; de como aprendió a vestirse bien, de cómo trato a los “traidores”, de cómo veía a los que no se definían, que robaleaban, pero sobre todo describe a un personaje que vivió, afirma, intensamente su vida.

Describe, además, su papel en los asuntos estudiantiles del 68, las negociaciones; de cómo se daban, en aquel entonces, los dedazos para elegir a gobernadores y que, por eso, cuando se trató la sucesión de Veracruz, su estado, y que favorecía a Manuel Carbonell de la Hoz exclamo su frase “yo, como veracruzano, no he votado por él”.

Jesús Reyes Heroles murió pasados los 62 años. Disfrutaba sus cigarros y sus wiskis y, en su momento, le explicaron, le advirtieron, de la necesidad de abandonar esos vicios. Y, se entiende, pidió seguir disfrutando la vida. Por eso, su hijo consigna:

“No se proponía vivir mucho sino vivir con intensidad y a plenitud. Lo logro. No hubo decadencia. Llega a sus últimos días lucido y sabiéndolo, sin angustias, que era su final y así lo había construido”.

“Vivir intensamente” es una invitación a reflexionar sobre la vida: el tipo de vida que, cada uno en lo personal, quiere, desea. Recupero, en esta coyuntura, las palabras que Marte R. Gómez, le dirigió a su hijo:

“Hijo mío, hace cuarenta años que perdí al último de mis amigos de infancia, soy un extranjero en mi casa y en mi patria: mis nietos me juzgan casi un hombre del mas allá: ya no hay nadie que me mire igual; que sea mi amigo, mi camarada. Vivir muchos años, no deja de ser una calamidad”.

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